El trabajo de Claudia Esqueda se presta más a la interpretación simbólica que a la lectura habitual de un cuadro abstracto, en esta perspectiva hay que apreciar los movimientos, las recomposiciones, la sombra blanca que proyectan sobre un fondo de color cuya organización con ser evidente, no puede comprenderse como un proceso con principio y fin, sino como un solo movimiento y si se es atento, como un momento determinado de un proceso indivisible. De esta manera los elementos, marcan con su posición y relación momentánea un estado, lo que agudiza la paradoja del arte: se trata de fijar un instante que no existe por sí mismo, sino en una continuidad cuya diferenciación sólo puede realizarse mediante abstracciones. Cada vez que la artista experimenta, inaugura un momento irrepetible con elementos recurrentes. En este caso es justo decir que los trazos largos continuos y sinuosos (que recuperan la horizontal a la menor oportunidad), aún se toman como signos básicos del código que después tiene que disolverse: la unidad cerrada o semicerrada se opone a la continuidad extendida: lo que transcurre y el transcurso mismo: el tiempo.
La paleta de Claudia Esqueda tiene los matices de la reflexión y la elegía. Y puesto que esta mirada es una corriente del pensamiento, es inevitable pensar en los antiguos carpe diem, las flores deshojadas por el viento los lotos en el río, los cuerpos en el calendario y demás tópicos relacionados.
Pero no es pertinente quedarse en esa interpretación. Hay un sutil trabajo de aprobación gestual. En pinturas con similar ímpetu los pintores no suelen resistir la tentación rupestre de marcar su mano, trabajar con los dedos o incorporar objetos en el cuadro. Esta pintora no lo hace porque tiene que mantener la pintura habitable. Marcarla con tanta exclusividad quizá no significaría un avance en su introspección profunda y sí marginaría la obra hacia la autocelebración o la confesión. Aquí el contraste entre las formas cerradas y los trazos abiertos cobra otro sentido: las cápsulas del yo en el continuum de sensaciones, que se resuelve en una deriva placentera por los rápidos y los estuarios del tiempo. El hecho de que la artista decida continuar navegando las peligrosas corrientes de materia pictórica con la espátula como remo en un mar que cambia a cada momento, es –Baudelaire aquí convocado y la pintura y ciertos claroscuros sobre el rostro de Delacroix- su invitacion al viaje.
Cuauhtmoc Arista